No hay tiempo que perder, le susurra el relojero dando cuerda suavemente a su mujer, que últimamente vive con unos segundos de retraso. Si sale niño, piensan llamarlo Casio.
En buena hora.
El intruso.
Me hace entrar en mi nuevo hogar cogiéndome de la mano. La casa es muy grande, con paredes de colores de las que cuelgan cuadros bonitos.
En la cocina está mi nueva madre,
que me abraza tan fuerte que me hace un poco de daño. Luego me coloca el pelo
con su mano y me pide que le llame “mamá”.
Me acompañan a mi habitación, y me
piden que tenga paciencia con ellos, que han pasado una mala racha, pero con mi
ayuda, todo irá bien.
Y yo quiero creerles, pero me da
miedo ese niño que me mira fijamente desde el otro lado de la habitación.
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de SuperHerftigGeneral en Pixabay
Micro relato enviado al concurso "Relatos En Cadena", de la SER. Frase de inicio: "Me hace entrar en mi nuevo hogar".
Horas extramatrimoniales,
—Ya estoy en casa —comenta un poco apurada al entrar.
En la cocina, que parece haber sufrido
el paso de un huracán, varias moscas revolotean sobre los platos sucios, que se
han hecho fuertes en el fregadero.
Los niños, sin duchar y con el
pijama del revés, apuran los últimos envites de una encarnizada guerra de
almohadas, mientras su marido resopla en do sostenido en el sofá del salón con
el sonido del futbol de fondo.
El suspiro queda ahogado por el
sonido del móvil. Comprueba el mensaje y se excita pensando que mañana también
tendrá que hacer horas extras con su nueva jefa.
Progresando.
Que gusto da verlo todo recogido. El abuelo Vito estaría orgulloso. Las herramientas limpias y correctamente colocadas, el suelo brillando como la patena y el cemento bien fraguado y con el punto justo de dureza. Ahora ya solo falta que esta vez lancéis al “soplón” al rio y no a la charca, que todavía me duelen los oídos con las risas de las otras familias.
Micro relato enviado al concurso "Relatos En Cadena", de la SER. Frase de inicio: "Que gusto da verlo todo recogido".
La chica del violín y el joven Corleone.
El preludio sonó en Austria, la ciudad de la música. Ella tocaba el violín en la Filarmónica de Viena, y el trataba de hacerse un hueco como gestor internacional en una organización emergente.
En un concierto, sus ojos se
cruzaron para después fundirse en un adagio tan lento como majestuoso
del que se dejaron llevar sin más.
Su interludio los llevó por media
Europa, guiados por un allegro endulzado con tonos de prestissimo, en
el que alguna vez se descolgaba algún acorde desafinado que ella intentaba corregir.
El tempo rubato llegó
entre notas, algunas ordenadas y otras a las que simplemente hicieron oídos
sordos, rehuyendo un final que ninguno de los dos quería tocar.
En su funeral, junto a toda la
familia, ella le dedicó un réquiem, aunque en su mente siempre sonó el
“Hallelujah”.
Miedo inmortal.
Exactamente lo mismo que decía cuando estaba viva ahora lo susurra a través de las paredes, que rechinan en silencio temiendo que también la pueda encontrar al otro lado.
El niño, el hacha y el soplón.
—Ese no es nuestro estilo de familia; y a estas alturas ya deberías saberlo.
—Lo siento, Papa. Es que me he puesto
un poco nervioso, y él tampoco quería ayudarme con esto.
—Está bien. Recoge el hacha y fíjate
en mí; lo hemos hecho muchas veces. Coges el cuchillo, lo clavas con fuerza en
su estómago y después, sin dejar de mirarle a los ojos, lo giras lentamente. Así
se desangrará por dentro y no lo pondrás todo perdido. ¿Queda claro?
—Si, Papá.
—Muy bien. Y ahora limpia todo esto antes
de acostarte. Ya sabes lo que opina tu madre sobre los cadáveres en el sótano.
El mal no entiende de familias.
Se despertó a las tres de la
mañana, como en las últimas noches, envuelto en un sudor tan frio como
penetrante, víctima de una pesadilla recurrente que dormía a su lado y que no
era capaz de arrancar, con el matiz de que esta vez sabía lo que debía hacer.
Cogió lo necesario y arrancó el
coche con la certeza del que sabe donde quiere ir aun desconociendo el camino,
y llegó al único lugar donde la noche no alcanza a ver.
Allí, en el punto de no retorno,
le aguardaba su viva imagen, el que le atormentaba en sueños, aquel que sentía tan
dentro que no acertaba a distinguirlo de su propia conciencia. Habían estado
toda la vida unidos en la distancia, retroalimentando un odio visceral a todo y
a todos. Pero eso acabaría esa misma noche.
Las hojas de los cuchillos
brillaron por un instante, para bailar después al son de la sangre.
Mientras, lejos de allí, el primogénito,
el bendecido con la semilla del mal, quemaba una vieja foto de unos trillizos recién
nacidos junto a una madre moribunda que tampoco sería digna de lo que estaba
por venir.
En blanco.
No paran de preguntar por mi cada
día a los de las batas blancas. Luego se sientan a mi lado, y me cuentan
historias que deambulan por mi mente durante un instante, buscando algo a lo
que agarrarse, pero que luego huyen difuminándose en el viento.
Quizá por eso permanezco junto a
la ventana, buscándome en la tenue brisa la de tarde, o entre los remolinos que
preceden a la tormenta, anhelando una pista que me lleve hasta ese día en el
que alguien se ensaño con mis recuerdos, hasta no dejar rastro de mí.
Micro relato enviado al concurso "Relatos En Cadena", de la SER. Frase de inicio: "No paran de preguntar por mi"









