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Micro. Insert coin.



Salgo de casa sin pisar las juntas del suelo y recojo con la mano izquierda el periódico que Armando me lanza al verme. Se nota que ha mejorado la técnica. Continuo calle arriba sumando dígitos de las matriculas de los coches que me pasan; hoy casi no lo consigo con tanto tráfico. 

Ya en la avenida me cubro los ojos con el pañuelo de mi bolsillo y cruzo a diez metros del paso de peatones; pero desde que tú cruzaste los conductores son más prudentes. 

Creo que no entienden que me estas esperando en el siguiente nivel con vida nueva.

Micro. Pedaleando en el olvido.



En el tercer intento Pablo se tambalea ligeramente al compás de sus dudas; aunque después de apenas tres pedaladas mira al frente y poco a poco consigue avanzar por sí mismo.

Su hijo enjuga una lágrima en su mejilla antes de que su padre de la vuelta al final de la calle, esbozando una sonrisa al verle regresar sobre la bicicleta que tantas veces usó. 

Dicen que montar en bici no se olvida nunca; el resto de recuerdos, que el maldito alzhéimer le niega, serán más difíciles de rescatar.

Micro. El premio es lo de menos.



- ¿Y esto?

- Refrescos de frambuesa, es lo único que sirven aquí; ¿sabes? me he enterado de que el barrendero ha secuestrado al alcalde y lo tiene limpiando su casa, y que el cartero reparte el correo en ala delta. 

- Lo sé; estas fiestas son famosas porque hay un día en el que se permite hacer cualquier locura, y la más original se lleva un premio. ¿Quieres que participemos? 

- Bueno; pero ya me dirás que has pensado, porque aquellos están pintando el  ayuntamiento de rosa con lunares.

- Pues aquí en frente hay una iglesia y tengo dos anillos. ¿Qué me dices?

Micro. Esta vez no.

Repasa su brillo de labios disimulando una sonrisa pícara mientras mira de reojo a su marido, que intenta inútilmente arrancar la moto tras otro intento fallido de comunicar con su mecánico.

Detalles sin importancia para ella, que este año había preparado a conciencia todos los preparativos del viaje; incluso la cargante discusión entre la comodidad del coche y las vicisitudes del trayecto en su querida moto.


A su marido el disgusto apenas le duraría; al mecánico, que había dejado maniatado en el taller, quizá algo más; aunque eso no era algo que fuera a perturbar un ápice sus merecidas vacaciones.