326. Gracias por todo, mi amor.
Siempre fui su lectora cero, porque sus letras no viajaban a ningún lado sin que yo las hubiera leído primero.
Solía decir que toda buena
historia se escondía en los detalles, en todo aquello que pasaba desapercibido para
una vista poco adiestrada, y también en los silencios, por todo lo que guardaban.
Y por ello se pasaba las horas anotando en su libreta ideas y fragmentos de
vidas ajenas, a las que luego daba forma en su vieja máquina de escribir.
Su creatividad se mantuvo intacta
durante muchos años, con una producción que público y crítica acogieron de buen
grado, aunque a él nunca pareció importarle ese reconocimiento, porque solo
escribía para mí.
Un día, en mi revisión diaria,
encontré un par de párrafos inconexos, a los que no quise dar importancia,
aunque poco después esa secuencia se repitió con mas asiduidad.
Lo que él achacaba al mal del
escritor, o simplemente a la huida de las caprichosas musas, los médicos dieron
un nombre menos poético.
Y como se empeñó en seguir con
sus rutinas, ya infructuosas, me sentí aliviada al encontrar, el día de su
muerte, una última frase anotada en su libreta, rompiendo su temida página en
blanco.
325. Igual lo deja.
Pulsar el mismo el interruptor de la luz al entrar, sin refuerzos, no fue la decisión más acertada, pero nadie podría dudar esta vez de su falta de iniciativa.
Tampoco quedaría en duda su
agilidad, puesto que antes de recibir el golpe en la cabeza, consiguió derribar
a uno de los asaltantes, ni su agudeza visual, ya que pudo visualizar todos los
números de la matrícula del vehículo antes de ser encerrado en el maletero.
Y solo al final, cuando lo
lanzaron al rio con los pies atados a una roca, le dio por pensar que lo de ser
policía, igual no era lo suyo.
324. Ideales y principios.
Mientras le vendaba los ojos, el verdugo intentó convencerla de que se retractase e implorase clemencia, aludiendo a que aún tendría tiempo de restituir su honor y salvar la vida.
Ella
se reafirmó en su postura, convencida de la veracidad de su teoría, y a
sabiendas de que un mundo sin libertad de juicio nunca tendría sentido.
Bajo
un griterío incesante, nadie pudo ver las lágrimas del verdugo, ocultas bajo la
capucha, mientras buscaba entre los asistentes alguna indicación en contra que
no encontró, ni el instante en el que llegó a dudar, antes de accionar la
palanca que acabaría con la vida de su mujer.


