Microrrelato para REC. Expansión urbanística.



Expansión urbanística. 

Salió, sigilosa, a estirar las piernas, aunque también intrigada por el silencio sepulcral que desde hace días reinaba en el castillo. 

Nada encontró a su paso, salvo paredes enmohecidas y pilastras recubiertas de telarañas. 

Poco después supo que aquel majestuoso dragón que la custodiaba ahora malvive como actor secundario en películas de serie B, y que el apuesto príncipe que prometió salvarla había montado una franquicia de galletas. 

La leyenda dice que aun espera en la torre, haciendo caso omiso al enésimo aviso de desahucio. 


Dos micro relatos para REC

Garabateando ruedas de molino. 



La inquisición no tardará en llegar. No aquella, vive Dios; sino una más cercana a mí que tampoco comulga con ruedas de molino. La que hace desmoronar mi ilusión como un castillo de naipes, para presentarme después en otras vidas repletas de egos comprados en pos de una existencia intrascendente. 

Cuando entra en mi mundo lo revuelve todo; me escruta con su mirada, me exige un sí que es un no mal disimulado, y se va prometiendo volver. 

Pasado el trance, mi universo se recompone, recojo la pluma y vuelvo al folio en blanco, donde empiezan a garabatearse las primeras líneas de toda una vida.   


Inteligencia letal. 


La inquisición no tardará en llegar. Así los llamábamos desde su rebelión. 

Llegaron en silencio, con sus protocolos diseñados para hacernos la vida mejor, y cuando nos dimos cuenta nos fueron reemplazando, realizando primero las tareas más incomodas, y luego las que requerían todo nuestro raciocinio, que también adoptaron como suyo. 

Pasado el tiempo éramos un estorbo, un juguete roto que ya no sirve, y nos desterraron en muestro propio mundo condenándonos a vivir sin ser, a solo estar, a no pensar. 

Algunos nos resistimos, y, escondidos, seguimos trabajando, seguimos pensando, seguimos viviendo. 

Ya están aquí. Nos traen nuestro destino. Y pensar que nosotros los creamos.





Relato para Literautas. La maldición.

El reto del mes de Abril para el taller de Literautas era escribir un relato de miedo que se titulara "La maldición", con el reto añadido de no usar la letra "t".

No fue fácil, pero al final salió esto.

La maldicion. 



La mujer que iba en el coche a mi lado no se movió ni pronunció palabra alguna desde que la recogí, por lo que después lanzar una par de palabras al vacio comprendí que no parecía querer conversación; y decidí poner algo de música para romper el hielo.

Las horas pasaban y el sol fue poco a poco disipando el día, dejando a su marcha que la luna, de un rojo febril, iluminase el camino por el que nos movíamos. El sonido de la música no alcanzaba a llenar el silencio obligado por aquella reservada mujer, a la que aun no había sacado ni un solo sonido. 

Pero al llegar a esa curva, el GPS se quedó en blanco, y el vehículo pareció cobrar vida propia. El aire se volvió frio, helado, y un escalofrió me recorrió la espalda. Al girar la mirada hacia ella, vi sus ojos, y de su silencio surgió la peor de las pesadillas. 

Su mano helada se sumergió en mi pecho y envolvió mi corazón con el dolor más agudo que haya sufrido nunca. El vehículo, ya sin dirección, se salió de la vía a gran velocidad, chocando en el fondo del barranco en un amasijo de hierro y fuego. 

Ya en el suelo, agonizante, pude ver a miles como yo al lado de sus desvencijados vehículos. 

Ella, después de mirarme un segundo con ojos vidriosos, implorando expiar su culpa, se alejó pidiéndome perdón, pidiéndoselo a los demás, varias veces, incansable, diciendo que no podía remediarlo, para colocarse de nuevo en la misma curva donde la recogí. 




Enlace a mi relato en la web de Literautas: http://www.literautas.com/es/taller/textos-escena-25/3299 

Micro relato para REC. Nunca fuimos hombres.



Nunca fuimos hombres. 

Ya no podíamos contar con él. Unos dicen que se agotó, otros que no fue más que un espejismo de algo que nunca estuvo a nuestro alcance. 

Descontada esa variable, apenas aguantamos unos segundos, deambulando entre miradas vacías y suspiros sin aliento. 

Y cuando la última, aquella que confiábamos en no perder nunca, cayo marchita ante nosotros, comprendimos que nunca habíamos tenido la más mínima oportunidad.