Desde el momento en que descubrió las redes sociales, su vida se convirtió en un escaparate en el que poder mostrarse a diario sin ningún reparo.
Nada más comenzar el día, y una
vez revisados los correos electrónicos, muros y estados, subía la foto de su #desayunoconvistas
a Instagram, seguido del registro de la ruta en bicicleta a Strava.
Cualquier aspecto que considerase
relevante en su vida era automáticamente compartido en Twitter, como los
resultados del último chequeo médico, con la etiqueta #sanacomounamanzana, una
reclamación bancaria, bajo el lema #quenoteengañen, o el malestar tras ser
multada por usar el móvil en el coche, con el hastag #telopuedescreer.
Durante su jornada laboral
participaba activamente en varios grupos de Linkedin, terminando el día con un
paseo nocturno acompañado por su pareja y el perro que subía como un directo a
Facebook.
Sus redes acumulaban cientos de
fotos de sus hijos, a los que sus seguidores podían ver crecer casi en directo,
y de todos sus amigos y allegados, porque ella no contemplaba su vida sin el
instante enmarcado en la red, llegando a molestarse, hasta el punto de llegar
al bloqueo, con el hastag #serárancio, cuando al hacer una foto grupal en algún
evento, alguna de esas personas ponía reparos, o incluso se negaba a que se
subiera a sus benditas redes.
Su vida transcurría entre selfis
y capturas de pantalla, bajo el lema #felizconlosmios, compartiendo su día a día
y el de los suyos, haciendo carrera como reputada hater por un lado, y probando
como Blogger o influencer en otro, compartiendo consejos y tutoriales de todo
lo que sabía o de lo que decía saber. Al
principio todo eran likes, kudos, y demás reconocimientos, pero después su
brillo virtual comenzó a descender, como si fuera una prenda que poco a poco
pasa de moda, y que al final se guarda en el cajón del olvido.
Fiel a su lema #noterrindasnunca,
lo intentó todo para recuperar su fama virtual, llegando incluso a bailar en
directo en modo tiktoker, con tal de conseguir nuevos seguidores. Pero las
redes, antes de su lado, parecían haber perdido el interés por su valiosa cotidianeidad.
Entonces llegaron los días en
blanco, sin comentarios ni likes, y sin apenas visionados. Al principio le
pareció una catástrofe, el fin de su mundo, no se podía creer lo que le estaba
pasando, ¿Cómo podían tratarla así las redes?
Lo pasó mal durante un tiempo, buscando
en cualquier foro online la solución a sus problemas, hasta que ocurrió algo
que no había pasado en años.
Llegó un día en el que, sin saber
porqué, levantó la cabeza de la pantalla.
Al retomar el contacto con la
realidad, al principio se sintió rara, en un mundo que suele quedar difuminado por
el brillo de las redes, en el que tenía que vivir de verdad, y en el que el
postureo sirve de poco. Entonces aprendió a cambiar los likes por sonrisas, los
comentarios por abrazos, y los directos por animadas charlas con los suyos
durante la cena, encontrando su pequeño hueco en un mundo que podía percibir,
en el que se sentía cómoda, y en el que consiguió ser feliz, sin necesidad de
aparentarlo.
Microrrelato nº 323 desde el inicio del blog.
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