En la comodidad de aquel diván encontré un refugio en el que calmar mis ánimos, al abrigo de una voz armoniosa que trataba de poner orden en mis pensamientos.
Aquella voz de aroma terapéutico me instaba a la introspección, al análisis de mi propia esencia, bajo la teoría de que la mente humana es un arma poderosa si se usa adecuadamente, y que la causa de todos mis temores podría encontrarse en mi interior.
Siguiendo ese consejo, cerré los ojos, y
bajo la calma más absoluta, puse mi mente a trabajar, rastreando entre mis recuerdos,
en busca de cualquier indicio de aquello que no me permitía vivir en paz.
En un primer viaje no encontré la
respuesta que anhelaba, y al abrir los ojos la ansiedad seguía jugando con mi maltrecho
ánimo. Volví a cerrarlos, aún más fuerte, buscando en rincones de mi mente que
permanecían olvidados, ajenos a mi propia existencia, donde encontré restos de
energías anómalas, desconocidas en un principio para mí, pero a las que decidí
conectarme en un arrebato de valentía.
Impulsado por esa nueva corriente, el
viaje me llevó hacia vidas pasadas de las que no tenía constancia, en las que
mi esencia, contenida en otras formas corpóreas, cohabitaba de forma armoniosa a
lo largo de sus ciclos vitales.
Lo intenté de nuevo, con mas fuerza aun,
buscando cualquier rastro de mí que permaneciera escondido, y entonces la
verdad se mostró de la forma más ominosa.
En nuestra vida, todo tiene un principio y
un final, pero no es así para la energía que albergamos en nuestro interior,
que permanece en el cuerpo mientras vivimos, pero que al morir se dispersa por
el infinito, buscando nuevas vidas que iluminar.
En mi última incursión encontré restos de
esa energía, y al enlazarme a ella pude vislumbrar la agonía de mis últimos días
en un hospital, el virus que habitaba en mi y que dio origen a la plaga, y el
contagio a nivel global. Pude sentir la
transformación de cada uno de los infectados, como se desvanecía su juicio y
afloraba la rabia y la sed de sangre como instinto primario que satisfacer. Me
dejé llevar por el miedo que flotaba entre los que permanecían escondidos, y caí
rendido ante el llanto desconsolado de los niños, al ver de cerca la barbarie y
el fin del mundo tal y como lo conocemos.
Entonces comprendí que el origen del mal
que me acechaba no estaba en mi mente, sino en mi propio cuerpo.
Después de aquella revelación, busqué
desesperadamente la forma de cerrar de nuevo los ojos, para no volver a
abrirlos jamás.
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