Lo que la vida nos ofrece cuando
somos jóvenes, y lo que pactas con ella años después, no suelen parecerse
demasiado.
Y en cierto modo, el día en que
tuvieron que decirse adiós, en los albores de su juventud, apenas conocían el
verdadero significado de esa palabra, y el dolor tan grande que podía conllevar.
Sus vidas transcurrieron por los
caminos que les fueron marcados, al abrigo de los sobrios dictados de la
corrección, forjando una fachada de impostada felicidad que no se atrevieron a
derribar, pero que poco a poco el tiempo fue resquebrajando.
Gloria había colgado los hábitos, y Lucía ya no tenía a nadie a quien rendirle cuentas. Y allí estaban, de nuevo, 40 años después, ya invisibles para el resto del mundo, en el mismo banco y con los mismos nervios, intentando recuperar ese primer beso que marcara un nuevo comienzo en sus vidas.
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