Como tantas veces había hecho de niño volví a pulsar el botón de alarma del ascensor.
Su voz suave y conciliadora me tranquilizo primero, comunicándome después que no podía utilizar el botón de alarma salvo en casos de emergencia real.
Los siguientes días debatimos sobre si la fobia a los espacios cerrados era una emergencia real o no; meses después las conversaciones abarcaban otros temas.
Pasados tres años es mi hija la que me ayuda con mis fobias, y la que habla con su madre desde el ascensor.
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