Me acuerdo del día en que decidimos que no habría nada que se interpusiera entre nosotros.
Recuerdo lo ilusionado que estabas
cuando hicimos la lista de todos los viajes que teníamos pendientes. Al día
siguiente cogimos un vuelo a Egipto, y dos meses después estábamos bailando en
lo alto de la torre Eiffel.
Luego nos lo tomamos con
más calma.
Era lógico. Habíamos empezado con muchas ganas. Pero no cambiaría por nada ninguna
de las tardes que pasamos divagando en el club de lectura, ni los días en los que
madrugábamos para coleccionar amaneceres, acurrucados en el sofá con la manta y
un par de tazas de café.
He de reconocer que te dije que
cuando llegara el momento no iba a llorar, pero ya me conoces, y creo que me lo
sabrás perdonar.
También te prometí que haría lo
posible por pasar página, pero la nuestra es tan bella que lo único que me
apetece es volver a leerla una y otra vez, y como este final no me acaba de
convencer, y los dos hemos sido siempre muy testarudos, estoy segura de
que en algún momento y en cualquier lugar, encontraremos la forma de continuar
nuestra historia.
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