A su edad, la belleza queda en un segundo plano, como si fuera un elemento accesorio que ya no usa con asiduidad.
Ahora mismo le basta con
manejarse entre sus obstinados achaques y el desconcierto propio que le
transmite un mundo en el que le cuesta encajar, y donde los viejos anhelos como
el suyo quedan enterrados entre la inmediatez de lo cotidiano.
Aun así, se toma unos instantes,
y con ayuda de su nieta intenta disimular alguna de sus muchas arrugas.
Al salir de casa ve a su hija,
que aguarda junto al coche. No pueden evitar abrazarse, y soltar alguna lágrima,
como otras muchas veces, aunque desde que apareció aquel expediente todo es
distinto.
Al principio no daba crédito. Pero
luego las piezas del macabro puzle comenzaron a encajar; la fecha de la muerte,
el lugar, y después incluso la cuneta exacta donde él y otros de la brigada
mixta habían sido enterrados. La búsqueda, por fin, había terminado.
Durante el corto viaje al
instituto anatómico forense piensa en como actuará al ver los restos, en que le
dirá, y en como discurrirá el entierro que debió ser y que el olvido se empeñó
en negarle.
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