Se santiguó tres veces antes de entrar en el confesonario. Después, mientras se limpiaba las manos, escuchó pacientemente la confesión de Carmela, en la que reconocía su culpa por no ser la esposa abnegada que su marido merecía, y pedía fuerzas a Dios para aguantar las penitencias venideras.
Confesiones como aquella eran las que habían moldeado poco a poco la fe del padre García, que entendió que la voluntad divina podía ser tan compleja como flexible, y que su cumplimiento a veces requería mancharse las manos con la sangre del algún pecador, como la del marido de Carmela, que ya era asunto de Dios.
Confesiones como aquella eran las que habían moldeado poco a poco la fe del padre García, que entendió que la voluntad divina podía ser tan compleja como flexible, y que su cumplimiento a veces requería mancharse las manos con la sangre del algún pecador, como la del marido de Carmela, que ya era asunto de Dios.
Micro relato enviado al concurso "Relatos En Cadena", de la SER. Frase de inicio: "Se santiguó tres veces"
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