El edificio en el que a duras penas ha conseguido esconderse está en ruinas. Los muros apenas se tienen en pie y de los grandes ventanales que antaño los coronaban solo quedan algunos pedazos de vidrio con restos de sangre.
Le cuesta respirar, y la herida
que le acompaña desde la última reyerta insiste en abrirse camino en su
interior.
Recostado sobre unos cartones, y
a esas alturas de la guerra, su esperanza de vida es un hilo cada vez mas fino
que ya no alcanza a sujetar.
A través de las ventanas
desvencijadas mira al cielo. Parece que algo se acerca. La vista también
empieza a fallarle. Se frota los ojos con la parte mas limpia de su manga y
vuelve a mirar.
Siempre se ha considerado creyente,
incluso en los peores momentos.
La imagen está cada vez más cerca,
envuelta en una aureola brillante. Su madre le dijo cuando era niño que todos
tenemos un ángel de la guarda que cuida de nosotros y nos guía en el camino al más
allá.
En su último aliento, el soldado le tiende la mano al ángel y se marcha con él, antes de que el misil destruya el edificio.
Comentarios
Publicar un comentario