Cuando la sorprendimos, la pócima
estaba en ebullición. La chiquilla se había colado a hurtadillas en mi
departamento, y había mezclado savia del árbol de té con hojas de mandrágora machacadas
y pétalos de rosa.
En mi afán porque no ahondase en
su fechoría, le insté de viva voz que soltase inmediatamente el mejunje
resultante, pero nuestra hija se asustó y dejó caer la poción sobre sus piernas.
Su instantánea pigmentación
cutánea resultó inocua, pero abrumadoramente rosa.
Pasé varias noches en vela
intentando arreglar el desaguisado, pero al desconocer las proporciones de la
mezcla, la tarea resultó muy compleja.
Y pese a nuestros esfuerzos por
evitarlo, alguien vio a la niña. Los rumores sobre las dudosas prácticas de un
alquimista trastornado se extendieron rápidamente por todo el reino. Era
cuestión de tiempo que la guardia real me detuviera para juzgarme por mala
praxis.
Pero cuando hallé la receta del
ungüento necesario para invertir la reacción, no solo me encontré con la
negativa de la niña a volver a su anterior situación, sino que tras mi puerta
guardaban cola, además de las hijas del rey, seis osos, diez unicornios, una
pantera y cientos de aldeanos con insulsos sueños por colorear.
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